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L’escriptora sueca publica el novè títol de la sèrie ”Els crims de Fjällbacka’.
L’Illa dels Llibres us ofereix un avançament de la novel·la El domador de leones (Maeva)

domador-de-leones

Argument:
La novel·la ens situa en el mes de gener i en Fjällbacka fa un fred polar. Una jove mig nua passeja pel bosc nevat i arriba a la carretera. Un cotxe apareix del no-res i no té temps d’esquivar-la.
Quan Patrick Hedström i el seu equip reben l’alarma sobre l’accident, la noia ja ha estat identificada. Va desaparèixer quatre mesos enrere de camí a casa des de la hípica local, i des de llavors no s’ha sabut gens d’ella. El seu cos té marques d’atrocitats terribles, i és possible que no sigui l’única ni l’última víctima del seu agressor.
A més, hi ha altres joves desaparegudes, aparentment sense motiu, i la policia tem el pitjor també per a elles.
Al mateix temps, Erica Falck investiga una vella tragèdia familiar que va acabar amb la mort d’un home. Realitza nombroses visites a la seva dona, que va ser acusada i condemnada per l’assassinat, encara que el cas mai es va acabar d’aclarir. Erica sospita que la dona oculta una veritat terrible.
Enfrontats a dos casos de conseqüències devastadores, Erica i Patrick es pregunten una vegada més fins a on pot arribar la maldat de les persones.

 

Primer capítol

libros-portada-domador-de-leonesEl caballo sintió el olor a miedo incluso antes de que la nina saliera del bosque. El jinete lo jaleaba, clavándole las espuelas en los costados, pero no habría sido necesario. Iban tan compenetrados que el animal notaba su voluntad de avanzar.

El repiqueteo sordo y rítmico de las pezuñas rompía el silencio. Durante la noche había caído una fina capa de nieve, así que el caballo iba dejando pisadas nuevas y el polvo de nieve le revoloteaba alrededor de las patas.

La niña no iba corriendo. Caminaba trastabillando, siguiendo una línea irregular, con los brazos muy pegados al cuerpo. El jinete lanzó un grito. Un grito estruendoso que lo hizo comprender que algo fallaba. La niña no respondió, sino que siguió avanzando a trompicones.

Se estaban acercando a ella y el caballo aceleró más aún. Aquel olor ácido e intenso a miedo se mezclaba con otra cosa, con algo indefinible y tan aterrador que agachó las orejas. Quería detenerse, dar la vuelta y volver al galope a la seguridad del establo.
Aquel no era un lugar seguro. El camino se interponía entre ellos. Estaba desierto, y la nieve recién caída se arremolinaba sobre el asfalto como una bruma en suspenso.

La niña continuaba avanzando hacia ellos. Iba descalza y tenia los brazos desnudos, como las piernas, en marcado contraste con la blancura que los rodeaba; los abetos cubiertos de nieve eran como un decorado blando a sus espaldas. Ahora estaban cerca el uno del otro, cada uno a un lado del camino, y él oyó otra vez el grito del jinete. El sonido de su voz le era muy familiar y, al mismo tiempo y en cierto modo, le resultaba extraño.

De repente, la niña se detuvo. Se quedó en medio del camino, con la nieve revoloteándole alrededor de los pies. Tenía algo raro en los ojos. Parecían dos agujeros negros en la cara.

El coche apareció como de la nada. El ruido de los frenos cortó el silencio, y luego resonó el golpe de un cuerpo que aterrizaba en el suelo. El jinete tiró de las riendas con tal vigor que el freno se le clavó en la boca. Él obedeció y se paró en seco.

Ella era él y él, ella. Así lo había aprendido. En el suelo, la niña yacía inmóvil. Con aquellos ojos tan extraños mirando al cielo.

Erica Falck se paró delante de la institución penitenciaria y por primera vez la inspeccionó con más detenimiento. En sus anteriores visitas estaba tan obsesionada pensando en quien la esperava que no se había fijado en el edificio ni en el entorno. Pero necesitaba nutrirse de todas las impresiones para poder escribir el libro sobre Laila Kowalska, la mujer que, muchos años atrás, mató brutalmente a su marido Vladek.

Se preguntaba cómo daría cuenta de la atmósfera que reinaba en aquel edificio que recordaba a un búnker, cómo conseguiría que los lectores sintieran el hermetismo y la desesperanza. El centro penitenciario estaba a media hora en coche de Fjällbacka, apartado y solitario, rodeado de una cerca con alambre de espino, pero sin esas torres de vigilancia con agentes armados que siempre aparecían en las películas norteamericanas. Estaba construido atendiendo exclusivamente a la funcionalidad, y el objetivo era mantener a la gente encerrada en su interior.

Desde fuera, parecía totalmente vacío, pero Erica sabía que era más bien al contrario. El afán de recortes y unos presupuestos mermados hacían que se hacinaran tantos internos como fuera posible en el mismo espacio. Ningún político municipal tenia especial interés en invertir dinero en un nuevo centro y arriesgarse a perder votos. Así que todos se conformaban con lo que había.

El frío empezó a calarle la ropa y se encaminó a la puerta de acceso. Cuando entró en la recepción, el vigilante echó una ojeada apática al carné que le enseñaba, y asintió sin levantar la vista. Luego se puso de pie y Erica lo siguió por el pasillo sin dejar de pensar en la mañana de perros que había tenido. Igual que todas las mañanas últimamente, la verdad. Decir que los gemelos estaban en la edad rebelde era quedarse corto. Por más que quisiera, no era capaz de recordar que Maja hubiera sido así de díscola cuando tenía dos años, ni a ninguna otra edad, por cierto. Noel era el peor. Siempre había sido el más inquieto de los dos, y Anton se le sumaba de mil amores. Si Noel lloraba, él lloraba también. Era un milagro que Patrik y ella conservaran los tímpanos intactos, teniendo en cuenta el nivel de decibelios que imperaba en casa.

Por no hablar del tormento que era vestirlos con la ropa de invierno. Se olisqueó discretamente debajo del brazo. Ya empezaba a oler a sudor. Cuando por fin terminó la lucha de ponerles todas las prendas de abrigo para que se fueran con Maja a la guardería, no le quedó tiempo para cambiarse. En fin, tampoco es que fuera a una fiesta, precisamente.

Se oyó un tintineo de llaves cuando el vigilante abrió la Puerta y la invitó a pasar a la sala de visitas. En cierto modo, le resultava un tanto anticuado que aún tuvieran cerraduras con llaves. Claro que, lógicamente, era más fácil averiguar el código de una puerta electrónica que robar una llave, así que quizá no fuera tan extraño que las costumbres de antaño se impusieran allí a las modernidades.

Laila estaba sentada ante la única mesa de la habitación, con la cara vuelta hacia la ventana, a través de la cual entraba el sol invernal que le encendía una aureola alrededor de la cabeza rubia.

Las rejas que protegían las ventanas proyectaban cuadraditos de luz en el suelo, donde las motas de polvo se arremolinaban desvelando que no habían limpiado tan a fondo como deberían.

–Hola –dijo Erica antes de sentarse.

En realidad, se preguntaba por qué habría consentido Laila en volver a verla. Era la tercera vez que quedaban, y Erica no  había avanzado nada. Al principio, Laila se negaba en redondo a recibirla. Daba igual cuántas cartas de súplica le enviara o cuántas veces la llamara. Pero, unos meses atrás, había aceptado de pronto. Seguramente agradecía que interrumpiera la monotonia de la vida en el psiquiátrico con sus visitas; y mientras Laila accediera, ella pensaba seguir acudiendo. Hacía mucho que deseaba contar una buena historia, y no podría hacerlo sin la ayuda de Laila.

–Hola, Erica. –Laila le clavó aquella mirada suya tan clara y tan extraña. La primera vez que Erica la vio pensó en los perros de tiro. Después de aquella visita, fue a mirar el nombre de la raza. Husky. Laila tenía los ojos de un husky siberiano.

–¿Por qué accedes a verme si no quieres hablar del caso? –pregunto Erica, directa al grano. Y enseguida lamentó haber usado un término tan formal. Para Laila, lo sucedido no era un caso.

Era una tragedia, algo que aún la atormentaba. La mujer se encogió de hombros.

–Las tuyas son las únicas visitas que recibo –respondió, confirmando así las suposiciones de Erica.

Sacó del bolso la carpeta con los artículos, las fotos y las notas que había tomado.

–Todavía no me he dado por vencida –dijo, y dio unos toquecitos en el archivador con los nudillos.

–Bueno, supongo que es el precio que tengo que pagar por un rato de compañía –dijo Laila, con un atisbo de sentido del humor; el mismo que Erica había advertido en alguna otra ocasión.

Aquel amago de sonrisa le cambiaba la cara por completo. Erica había visto fotos suyas de la época anterior al suceso. No era guapa, aunque sí mona, de un modo diferente, interesante.

Entonces tenía el pelo rubio y largo y, en la mayoría de las fotos lo llevaba suelto y liso. Ahora lo tenía muy corto, sin ningún peinado digno de tal nombre, simplemente rapado, señal  de que hacía mucho que no se preocupaba por su aspecto.

Claro que, ¿por qué iba a hacerlo? Llevaba años alejada del mundo real. ¿Para quién iba a ponerse guapa allí dentro? ¿Para esas visitas que nunca recibía? ¿Para los demás internos? ¿Para los vigilantes?

–Hoy pareces cansada. –Laila examinaba a Erica a conciencia–.
¿Ha sido una mañana dura?
–La mañana y la noche, igual que anoche y, seguramente, igual que esta tarde. Pero supongo que así son las cosas cuando hay niños pequeños… –Erica dejó escapar un largo suspiro y trató de relajarse. Ella misma notaba la tensión después del estrés de aquella mañana.

–Peter se portaba siempre tan bien… –dijo Laila, y se le empañaron los ojos–. No se puso caprichoso ni un solo día.
–Era muy callado, según me dijiste la última vez.
–Sí, al principio creíamos que le pasaba algo malo. Hasta que cumplió los tres años no dijo ni mu. Yo quería llevarlo a un especialista, pero Vladek se negaba. –Resopló, y cruzó sin darse cuenta las manos, que antes tenía relajadas encima de la mesa.

–¿Qué pasó cuando cumplió los tres años?
–Pues, un día, empezó a hablar sin más. Frases enteras. Con mucho vocabulario. Ceceaba un poco, eso sí, pero, por lo demás, era como si hubiera hablado desde siempre. Como si los años de silencio no hubieran existido.

–¿Y nunca supisteis por qué?
–No. ¿Quién iba a explicarnos el porqué? Vladek no quiso llevarlo a ningún especialista. Siempre decía que no debíamos mezclar a ningún desconocido en los problemas de la familia.

–¿Y tú? ¿Por qué crees que Peter estuvo tanto tiempo sin hablar?

Laila giró la cara hacia la ventana y la luz volvió a dibujarle un aura alrededor del pelo rubio. Como un mapa de todo el sufrimiento que había tenido que padecer.

–Supongo que se dio cuenta de que lo mejor era pasar tan inadvertido como fuera posible. No hacerse notar en absoluto. Peter era un niño muy listo.

–¿Y Louise? ¿Ella sí empezó a hablar pronto? –Erica contenia la respiración. Hasta aquel momento, Laila se había hecho la sorda ante las preguntas sobre su hija.

Y así fue también en esta ocasión.

–A Peter le encantaba ordenar cosas. Le gustaba que hubiera orden y concierto. Cuando, de muy niño, jugaba con los juegos de construcción, levantaba torres perfectas, y se ponía tan triste cuando… –Laila calló de repente.

Erica la vio apretar los dientes y trató de animarla con la fuerza del pensamiento a que siguiera hablando, a que liberase lo que con tanto celo guardaba dentro. Pero pasó la oportunidad.

Exactamente igual que en las visitas anteriores. A veces le daba la impresión de que Laila se encontraba al borde de un precipicio y, en realidad, deseaba arrojarse al fondo. Como si quisiera dejarse caer pero se lo impidiera alguna fuerza superior que la obligara a retirarse otra vez a la seguridad de las sombras. No era casualidad que Erica pensara en sombras, precisamente. Desde la primera vez que se vieron, tuvo la sensación de que Laila habitaba un mundo de sombras. Una vida que discorria paralela a la que había tenido, a la vida que se esfumó en una oscuridad infinita aquel día, hacía ya tantos años.

–¿No tienes a veces la sensación de que estás perdiendo la paciencia con los niños? ¿De que estás a punto de rebasar ese límite invisible? –El interés de Laila parecía sincero de verdad, pero, además, le resonaba en la voz un tono suplicante.

No era una pregunta fácil de responder. Todos los pedres han sentido alguna vez que rozaban la frontera entre lo permitido y lo prohibido, y han contado hasta diez mientras las idees de lo que podrían hacer para acabar con las peleas y los gritos les estallaban en la cabeza. Pero había una diferencia abismal entre pensarlo y hacerlo. Así que Erica negó con la cabeza.

–Yo jamás podría hacerles daño. Laila no respondió enseguida. Se quedó mirando a Erica con aquellos ojos de un azul intenso. Pero cuando el vigilante llamó a la puerta para anunciarles que había terminado la visita, le dijo en voz baja, sin apartar la vista de ella:

–Eso es lo que tú te crees. Erica pensó en las fotos que llevaba en la carpeta y se estremeció de espanto. Tyra estaba cepillando a Fanta con pasadas rítmicas. Como siempre, se sentía mejor cuando tenía a los caballos cerca. En realidad, habría preferido encargarse de Scirocco, pero Molly no permitía que nadie la sustituyera. Le parecía tan injusto… Como sus pedres eran los dueños de las caballerizas, siempre se salía con la suya. Tyra adoraba a Scirocco desde la primera vez que lo vio. La miraba como si la comprendiera. Era una comunicación sin palabras que nunca había experimentado con nadie, ni ser humano ni animal. Claro que, ¿con quién iba a comunicarse? ¿Con su madre? ¿O con Lasse? Fue pensar en Lasse y empezar a cepillar a Fanta con más energía, pero la gran yegua blanca no parecía tener nada en contra. Al contrario, daba la impresión de estar disfrutando con cada pasada, resoplaba y movía la cabeza de arriba abajo, como si estuviera haciendo reverencias. Por un momento, le pareció que la estuviera invitando a bailar; Tyra sonrió y le acarició el hocico grisáceo.

–Tú también eres muy bonita –dijo, como si el animal hubiera podido leerle los pensamientos sobre Scirocco. Luego notó una punzada de remordimientos. Se miró la mano, que aún tenía en el morro de Fanta, y comprendió lo mezquina que era su envidia.

–Echas de menos a Victoria, ¿verdad? –le susurró, y apoyó la cabeza en el cuello del caballo.
Victoria, que era la que se encargaba de los cuidados de Fanta. Victoria, que llevaba varios meses desaparecida. Victoria, que siempre había sido –que seguía siendo– su mejor amiga.

–Yo también la echo en falta. –Tyra sintió en la mejilla la suave crin de la yegua, pero no le reportó el consuelo que esperaba.
En realidad, debería estar en clase de matemáticas, pero hoy no se veía capaz de poner buena cara y controlar la añoranza. Por la mañana fingió que se dirigía al autobús escolar cuando, en realidad, se había ido en busca de consuelo a las caballerizas, el

único lugar donde podía encontrarlo. Los mayores no entendían nada. Solo estaban pendientes de su propia preocupación, de su

dolor.

Victoria era más que su mejor amiga. Era como una hermana. Congeniaron desde el primer día de guardería y, a partir de entonces, fueron inseparables. No había nada que no hubieran compartido. ¿O tal vez sí? Tyra ya no estaba segura. Los meses previos a su desaparición algo cambió. Era como si entre ellas se hubiera elevado un muro. Tyra no quería ponerse pesada.

Se dijo que, en su momento, Victoria le contaría de qué iba todo aquello. Pero pasó el tiempo; y Victoria no estaba.
–Seguro que vuelve, ya verás –le dijo a Fanta, aunque en su fuero interno no las tenía todas consigo. Nadie lo decía, però todos sabían que tenía que haber ocurrido algo grave. Victoria no era la clase de chica que desaparece por gusto, si es que existia esa clase de chica. Estaba demasiado satisfecha con la vida y era demasiado poco aventurera. Lo que más le gustaba era estar en casa, o en las caballerizas, y ni siquiera le apetecía salir con las amigas por Strömstad los fines de semana. Y su familia no era ni de lejos como la de Tyra. Eran todos muy buenos, incluso el hermano mayor. No le molestaba llevar a su hermana a las caballerizas, aunque fuera muy temprano. Tyra siempre se había encontrado a gusto en su casa. Se sentía como un miembro más de la familia. En ocasiones, hasta deseaba que fuera su familia. Una familia normal y corriente. Fanta resopló un poco y Tyra notó el aliento del animal.

Unas lágrimas humedecieron el morro de la yegua, y Tyra se  secó rápidamente los ojos con el dorso de la mano. De repente, oyó un ruido fuera de las caballerizas. También Fanta lo oyó, puso las orejas tiesas y levantó la cabeza tan de improviso que le dio un golpe a Tyra en la barbilla. El sabor agrio de la sangre le llenó la boca enseguida. Soltó un taco y, apretándose bien los labios con la mano, fue a ver qué pasaba.

El sol la cegó al abrir la puerta, pero los ojos no tardaron en acostumbrarse a la luz y vio que Marta venía galopando a toda velocidad a lomos de Valiant. Frenó con tal violencia que el caballo casi se encabrita. Iba gritando algo. Al principio, Tyra no la oía bien, pero Marta siguió a voz en cuello. Y al final, Tyra recibió el mensaje:

–¡Es Victoria! ¡La hemos encontrado! Patrik Hedström disfrutaba de la tranquilidad delante del esde su despacho en la comisaría de Policía de Tanumshede. Había empezado temprano, así que se había ahorrado el episodio de vestir a los niños y llevarlos a la guardería, una tarea que se había convertido en una verdadera tortura, dada

la transformación que habían sufrido los gemelos, que habían pasado de ser dos primores a parecerse a Damien, el niño de La profecía. No se explicaba cómo era posible que dos personitas tan pequeñas pudieran robarle a uno tanta energía. El momento que más le gustaba pasar con ellos a estas alturas era el de la noche, cuando se sentaba un rato en su cuarto mientras dormían. Entonces era capaz de disfrutar del amor puro y profundo que le inspiraban, sin rastro de la frustración absoluta que sentía a veces cuando los oía gritar: «¡que nooooo , que no quiero !».

Con Maja las cosas siempre eran mucho más fáciles. Tanto que, en ocasiones, le entraban remordimientos, porque Erica y  él les dedicaban a los gemelos casi toda su atención. Maja quedava a veces en un segundo plano. Era tan buena y se le daba tan bien entretenerse sola que, simplemente, daban por hecho que no necesitaba nada. Además, con lo pequeña que era, tenía una  habilidad mágica para calmar a sus hermanos incluso en los peores momentos. Pero eso no era justo, y Patrik decidió que, aquella noche, Maja y él pasarían un buen rato leyendo un cuento.

En ese momento sonó el teléfono. Respondió distraído, aún pensando en Maja, pero no tardó en reaccionar y ponerse derecho en la silla.